jueves, 12 de mayo de 2011

Rosa y dorada noche

Rosa y dorada noche

Así que yo sin mí
más dos terceras partes de una vida
a cuestas, me acuesto
sobre las zarzas de mis ilusiones,
y acierto en la diana móvil
del silogismo de lo no previsto.
Complace la estrella que permite a la semialada
caer desde el cielo a las yerbas
del plenilunio blanco de Agosto.
No más densa la niebla por más que se nombre,
no más negritudes de feria por más que la bestia
amenace y amenace.
La noche, autora de lugares
con efervescentes rosaledas,
siempre retorna germinando.

Las rosas, a las que sólo fotografía el aire
y, algo, el asomo de tu aliento,
combaten pétalo a pétalo
el aciago orden de las intenciones:
abren su dorada matriz al viento.

Rosa de Sin Nombre,
emerges desde la caliente tierra suelta,
ya construida,
ya plenamente dispuesta
a ser solitaria empresa
del suelo
con rostro
al cielo.

Cuando la médula, cuando el escalofrío,
cuando la placidez del sueño entreverado,
cuando sonrojo ante sol poniente, o temblor ,
cuando respiramos en el dorado ambivalente del trigo rubio,
cuando nuestra espina
recorre los nervios del dolmen
y nos sienta en las cuatro esquinas…
Cuando recordamos.

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