domingo, 20 de febrero de 2011

De profundis (XII). Oscar Wilde

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Para mí una de las cosas de la historia que más hay que lamentar es que al renacimiento propio de Cristo, que había dado la catedral de Chartres, el ciclo de las leyendas artúricas, la vida de San Francisco de Asís, el arte de Giotto y la Divina Comedia de Dante, no se le dejara desarrollarse por sus vías, sino que fuera interrumpido y estropeado por el espantoso Renacimiento clásico que nos dio a Petrarca, y los frescos de Rafael, y la arquitectura paladiana, y la tragedia formal francesa, y la catedral de San Pablo, y la poesía de Pope, y todo lo que está hecho desde fuera y con reglas muertas, y no brota de dentro a impulsos de un espíritu que lo informa. Pero dondequiera que haya un movimiento romántico en el Arte, allí de algún modo, y bajo alguna forma, está Cristo, o el alma de Cristo. Está en Romeo y Julieta, en el Cuento de invierno, en la poesía provenzal, en «El marinero de antaño», en «La Belle Dame sans Merci» y en la «Balada de la caridad» de Chatterton.

Le debemos las cosas y las personas más diversas. Los Miserables de Hugo, las Flores del Mal de Baudelaire, la nota de piedad de las novelas rusas, las vidrieras y tapicerías y obras cuatrocentistas de Burne Jones y Morris, Verlaine y los poemas de Verlaine, le pertenecen tanto como la Torre de Giotto, Lanzarote y Ginebra, Tannháuser, los turbados mármoles románticos de Miguel Angel, la arquitectura apuntada y el amor a los niños y a las flores: cosas ambas, por cierto, que tuvieron poco sitio en el arte clásico, apenas el suficiente para crecer o jugar, pero que desde el siglo doce hasta nuestros días vienen continuamente apareciendo en el arte, en distintos modos y en distintos tiempos, sin aviso y a capricho, como es propio de niños y de flores; así la primavera siempre nos parece como si las flores hubieran estado escondidas, y únicamente salieran al sol por miedo a que la gente adulta se cansara de buscarlas y abandonara la búsqueda, y la vida de un niño no es más que un día de abril en el que hay lluvia y sol para el narciso.

Y es lo imaginativo de la naturaleza del propio Cristo lo que hace de él ese centro palpitante del romance. Las figuras extrañas del drama poético y la balada están hechas por la imaginación de otros, pero de su propia imaginación enteramente se creó a sí mismo Jesús de Nazaret. El grito de Isaías realmente no tenía más que ver con su venida que el canto del ruiseñor tiene que ver con el orto de la luna; no más, aunque quizá no menos. El fue la negación tanto como la afirmación de la profecía. Por cada expectativa que cumplió, destruyó otra. En toda belleza, dice Bacon, hay «alguna extrañeza de proporción», y de los que han nacido del espíritu, esto es, de los que como él mismo son fuerzas dinámicas, Cristo dice que son como el viento que «sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni adónde va». Por eso es él tan fascinante para los artistas. Tiene todos los elementos cromáticos de la vida: misterio, extrañeza, patetismo, sugerencia, éxtasis, amor. Apela a la capacidad de asombro, y crea ese ánimo en cuya sola virtud puede ser comprendido.

Y para mí es un gozo recordar que si él es «todo él imaginación», el propio mundo es de la misma sustancia. Dije en Dorian Gray que los grandes pecados del mundo tienen lugar en el cerebro, pero es en el cerebro donde todo tiene lugar. Ahora sabemos que no vemos con los ojos ni oímos con los oídos. Ellos no son sino cauces de transmisión, adecuada o inadecuada, de las impresiones sensoriales. Es en el cerebro donde la amapola es roja, donde la manzana es aromática, donde canta la alondra.

Últimamente he estado estudiando los cuatro poemas en prosa sobre Cristo con cierta diligencia. En Navidad conseguí hacerme con un Testamento en griego, y cada mañana, después de limpiar mi celda y sacar brillo a mis latas, leo un poco de los Evangelios, una docena de versículos tomados al azar de cualquier parte. Es una manera deliciosa de empezar el día. Para ti, en tu vida turbulenta y desordenada, sería cosa excelente hacer lo mismo. Te haría un bien incalculable, y el griego es muy sencillo. La repetición interminable, a hora y a deshora, nos ha estropeado la naiveté, la frescura, el sencillo encanto romántico de los Evangelios. Los oímos leer demasiadas veces y demasiado mal, y toda repetición es antiespiritual.

Cuando se vuelve al griego es como salir de una casa angosta y oscura y entrar en un jardín de lirios.
Y para mí el placer se duplica al pensar que es extremadamente probable que tengamos los términos reales, los ipsissima verba, que empleó Cristo. Siempre se ha supuesto que Cristo hablaba en arameo. Hasta Renan lo creyó. Pero ahora sabemos que los campesinos de Galilea, como los campesinos irlandeses de nuestros días, eran bilingües, y que el griego era la lengua normal de uso en toda Palestina, lo mismo que en todo el mundo oriental. Nunca me gustó la idea de que sólo conociéramos las palabras de Cristo por la traducción de una traducción. Me deleita pensar que en lo referente a su conversación Cármides podría haberle escuchado, y Sócrates haber razonado con él, y Platón haberle entendido; que de verdad dijo έγώ єίμι ό ποιμήν ό χαλός [«Yo soy el buen pastor», Jn 10:11 y 141; que al pensar en los lirios del campo, y cómo ni se afanan ni hilan, su expresión absoluta fue χαταμέθετε τάχρίνα τοv αγρον πẃς αυξαάνεί ονχπιά ονδέ νηθει [«Considerad los lirios del campo, cómo crecen; ni se afanan ni hilan», Mt 6:281, y que su última palabra al clamar: «Mi vida ha sido completada, ha llegado a su cumplimiento, ha alcan- zado su perfección», fue exactamente la que San Juan nos dice que fue: τετέλεσται [«ha terminado», Jn 19:301: nada más.

Y mientras, al leer los Evangelios -particularmente el del propio San Juan, o quien fuera el gnóstico temprano que tomase su nombre y su manto-, veo esta continua afirmación de la imaginación como base de toda vida espiritual y material, veo también que para Cristo la imaginación no era sino una forma del Amor, y que para él el Amor era Señor en el más pleno sentido de la palabra. Hace unas seis semanas el médico me autorizó a comer pan blanco en vez del pan basto, negro o moreno, del rancho normal de la cárcel. Es una gran exquisitez. A ti te resultará extraño que un pan seco pueda ser una exquisitez para nadie. Yo te aseguro que para mí lo es tanto que al terminar cada comida me como cuidadosamente las migas que puedan quedar en mi plato de lata, o que hayan caído sobre la toalla áspera que se usa como mantel para no manchar la mesa; y no por hambre -ahora me dan de comer bastante y más-, sino simplemente por que no se desperdicie nada de lo que me dan. Así habría que mirar el amor.

Cristo, como todas las personalidades fascinantes, tenía la facultad no ya de decir él cosas hermosas, sino de hacer que otras personas le dijeran cosas hermosas a él; y a mí me encanta la historia que nos cuenta San Marcos de aquella mujer griega -la γυνή Έλληνίς- que, cuando queriendo probar su fe él le dijo que no le podía dar el pan de los hijos de Israel, le contestó que los perrillos -χυνάριχ, «perrillos» habría que traducir- que están debajo de la mesa comen de las migas que los hijos dejan caer. La mayoría de la gente vive para el amor y la admiración. Pero es de amor y admiración de lo que deberíamos vivir. Si algún amor se tiene con nosotros, deberíamos reconocer que somos totalmente indignos de él. Nadie es digno de ser amado. El hecho de que Dios ame al hombre demuestra que en el orden divino de las cosas ideales está escrito que se dé amor eterno a lo que es eternamente indigno. O, si esa frase te suena amarga, digamos que toda persona es digna de amor, salvo la que cree serlo. El amor es un sacramento que habría que recibir de rodillas, y el Domine, non sum dignus tendría que estar en los labios y en los corazones de quienes lo reciben. Desearía que a veces pensaras en eso. Te hace mucha falta.

Si alguna vez vuelvo a escribir, en el sentido de hacer obra artística, hay sólo dos temas sobre los cuales y mediante los cuales deseo expresarme: uno es «Cristo, como precursor del movimiento romántico en la vida»; el otro es «la vida artística considerada en su relación con la conducta». El primero es, sobra decirlo, de una fascinación intensa, pues en Cristo no veo sólo los elementos esenciales del tipo romántico supremo, sino también todos los accidentes, las obstinaciones incluso, del temperamento romántico. Fue la primera persona que dijo a los hombres que debían vivir como las flores. Él fijó la frase. Tomó a los niños como tipo de lo que los hombres debían intentar ser. Los puso como ejemplos a sus mayores, cosa que yo siempre he pensado que es la principal utilidad de los niños, si es que lo perfecto ha de tener alguna utilidad. Dante dice que el alma del hombre viene de la mano de Dios «llorando y riendo como una niña», y también Cristo veía que el alma de cada uno debía ser «a guisa di Janciulla, che piangendo e ridendo pargoleggia». Sentía que la vida era cambiante, fluida, activa, y que dejar que se estereotipase en una u otra forma era la muerte. Dijo que no había que tomar demasiado en serio los intereses materiales, comunes; que ser impráctico era una gran cosa; que no había que afanarse demasiado en los negocios. «Los pájaros no lo hacen, ¿por qué ha de hacerlo el hombre?» Es maravilloso cuando dice: «No penséis en el mañana. ¿No es el alma más que la comida? ¿No es el cuerpo mas que el vestido?». Un griego podría haber dicho la segunda frase. Está llena de sentimiento griego. Pero sólo Cristo pudo decir las dos, y así darnos la vida tan perfectamente compendiada.

Su moral es toda ella simpatía, como debería ser la moral. Aunque lo único que hubiera dicho fuera: «Sus pecados le son perdonados porque mucho amó», habría valido la pena morir por haber dicho eso. Su justicia es toda ella justicia poética, exactamente lo que debería ser la justicia. El mendigo va al cielo porque ha sido infeliz. No concibo mejor razón para que se le envíe allí. Los que trabajan una hora en la viña, al frescor de la tarde, reciben la misma recompensa que los que llevaban todo el día sudando a pleno sol. ¿Y por qué no? Probablemente nadie merecía nada. O acaso fueran personas de otro tipo. Cristo no tenía paciencia con los sistemas obtusos, mecánicos, maquinales, que tratan a las personas como si fueran cosas, y por lo tanto tratan igual a todas: como si hubiera en el mundo una persona, o una cosa si vamos a eso, igual que otra. Para él no había leyes; sólo había excepciones.

Eso, que es la tónica misma del arte romántico, era para él la base propia de la vida real. No veía otra base. Y cuando le llevaron a una mujer sorprendida en acto de pecado y le mostraron su sentencia escrita en la ley y le preguntaron qué había que hacer, él escribió con un dedo en el suelo como si no los oyera, y al cabo, cuando le apremiaron una vez y otra, alzó la vista y dijo: «Aquel de vosotros que nunca haya pecado, sea el primero que le tire la piedra». Valía la pena vivir para decir eso.

Como todas las naturalezas poéticas, amaba a los ignorantes. Sabía que en el alma de un ignorante siempre hay sitio para una gran idea. Pero no soportaba a los estúpidos, sobre todo a los estúpidos por educación: a los que están llenos de opiniones sin comprender ni una sola de ellas, que es un tipo peculiarmente moderno, y resumido por Cristo cuando lo describe como el tipo del que tiene la llave del conocimiento, no sabe usarla él y no deja que otros la usen, aunque con ella se pueda abrir la puerta del Reino de Dios. Su mayor guerra fue contra los filisteos. Ésa es la guerra que tiene que librar todo hijo de la luz. El filisteísmo era la marca de la época y la comunidad en que vivió. Por su lerda cerrazón a las ideas, su respetabilidad obtusa, su ortodoxia tediosa, su adoración del éxito vulgar, su total absorción en el lado materialista y grosero de la vida y su estimación ridícula de sí mismos y de su importancia, los judíos de Jerusalén en tiempos de Cristo eran la exacta réplica de los filisteos británicos en los nuestros. Cristo se burló de los «sepulcros blanqueados» de la respetabilidad, y fijó esa frase para siempre. Trató el éxito mundano como cosa absolutamente despreciable. No veía en él absolutamente nada. Miraba las riquezas como un estorbo para el hombre. No quería ni oír de lo que fuera sacrificar la vida a un sistema de pensamiento o de conducta. Señalaba que las formas y ceremonias se habían hecho para el hombre, no el hombre para las formas y ceremonias. Tomó la observancia del sábado como tipo de las cosas por las que no hay que dar un ochavo. Las filantropías frías, las caridades públicas ostentosas, los pesados formalismos tan queridos para la mentalidad de clase media, los denunció con desdén total e implacable. Para nosotros lo que se llama Ortodoxia es sólo una aquiescencia ininteligente y barata, pero para ellos, y en sus manos, era una tiranía terrible y paralizante. Cristo se la llevó por delante. Mostró que sólo el espíritu tenía valor. Le placía especialmente señalarles que a pesar de estar siempre leyendo la Ley y los Profetas no tenían realmente la menor idea de lo que quería decir ni lo uno ni lo otro. Frente a su afán de partir cada día en su rutina fija de deberes prescritos, lo mismo que hacían partes de la menta y la ruda, él predicó la enorme importancia de vivir completamente para el momento.

Aquellos a quienes salvó de sus pecados se salvan simplemente para momentos bellos de sus vidas. María Magdalena, cuando ve a Cristo, rompe el rico vaso de alabastro que le diera uno de sus siete amantes y derrama las especias aromáticas sobre sus pies polvorientos y cansados, y por ese solo momento estará sentada para siempre con Ruth y Beatriz en las frondas de la nívea Rosa del Paraíso. Lo único que Cristo nos dice a modo de pequeña advertencia es que todo momento debe ser hermoso, que el alma debe estar siempre dispuesta para la venida del Novio, siempre esperando la voz del Amante. Siendo el filisteísmo simplemente ese lado de la naturaleza del hombre que no está iluminado por la imaginación, él ve todas las influencias bellas de la vida como modos de Luz: la imaginación misma es la luz del mundo, τό φως τovχοσμον el mundo es hecho por ella, y sin embargo el mundo no la comprende; porque la imaginación no es sino una manifestación del Amor, y es el amor, y la capacidad para el amor, lo que distingue a un ser humano de otro.

Pero es al tratar con el Pecador cuando es mas romántico, en el sentido de más real. El mundo siempre había amado al Santo como lo más cercano posible a la perfección de Dios. Cristo, por un divino instinto que había en él, parece haber amado siempre al pecador como lo más cercano posible a la perfección del hombre. Su deseo primordial no era el de reformar a las personas, como no era su deseo primordial el de aliviar el sufrimiento. Convertir a un ladrón interesante en tedioso hombre probo no era su objetivo. Habría tenido poca estima por la Sociedad de Ayuda a los Presos y otros movimientos modernos de esa índole. La conversión de un publicano en fariseo no le habría parecido ninguna gran cosa. Pero de una manera aún no comprendida por el mundo él veía el pecado y el sufrimiento como en sí mismos cosas hermosas, santas, y modos de perfección. Parece una idea muy peligrosa. Lo es. Todas las grandes ideas son peligrosas. Que era el credo de Cristo no admite duda. Que sea el credo verdadero yo no lo dudo.

Claro está que el pecador ha de arrepentirse. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el que uno altera su pasado. Los griegos lo tuvieron por imposible. A menudo dicen en sus aforismos gnómicos: «Ni los Dioses pueden alterar el pasado». Cristo mostró que el pecador más vulgar podía hacerlo. Que era justo lo que podía hacer. Cristo, si le hubieran preguntado, habría dicho -tengo la certeza absoluta- que en el momento en que el hijo pródigo se hincó de rodillas y lloró, realmente transformó el haber dilapidado su caudal con rameras, y luego guardado cerdos y hambreado por las algarrobas que comían, en episodios hermosos y santos de su vida. A la mayoría de la gente le cuesta trabajo captar la idea. Me atrevería a decir que hay que ir a la cárcel para entenderla. Si es así, quizá merezca la pena ir a la cárcel.

¡Hay algo tan único en Cristo! Claro está que, así como hay falsos amaneceres antes del amanecer, y días de invierno tan llenos de súbito sol que engañan al sabio croco y le hacen malbaratar su oro antes de tiempo, y hacen que algún pájaro tonto llame a su compañera para construir en ramas peladas, así también hubo cristianos antes de Cristo. Eso lo deberíamos agradecer. Lo desdichado es que no haya habido ninguno desde entonces. Hago una excepción, San Francisco de Asís. Pero es que Dios le había dado de nacimiento un alma de poeta, y él mismo de muy joven había tomado por esposa en bodas místicas a la Pobreza; y con alma de poeta y cuerpo de mendigo el camino de la perfección no le fue difícil. Comprendió a Cristo, y por eso vino a ser como él. No hace falta que el Liber Conformitatum nos diga que la vida de San Francisco fue la verdadera Imitatio Christi: un poema comparado con el cual el libro que lleva ese nombre no es más que prosa. De hecho ahí está el encanto de Cristo, a fin de cuentas. El es justamente como una obra de arte. No es que realmente enseñe nada, sino que por entrar en su presencia uno llega a ser algo. Y todos estamos predestinados a su presencia. Por lo menos una vez en su vida, todo hombre camina con Cristo a Emaús.

En cuanto al otro tema, la relación de la vida artística con la conducta, sin duda te parecerá extraño que lo elija. La gente apunta a la prisión de Reading y dice: «Ahí es a donde conduce la vida artística». Pues podría conducir a sitios peores. Las personas más mecánicas, para quienes la vida es una especulación astuta dependiente de un cuidadoso cálculo de medios y recursos, saben siempre a dónde van, y van. Parten del deseo de ser el sacristán de la parroquia, y, cualquiera que sea la esfera en que estén situados, consiguen ser el sacristán de la parroquia y nada más. Un hombre cuyo deseo sea ser algo aparte de sí mismo, ser Miembro del Parlamento, o tendero próspero, o abogado eminente, o juez, o cualquier bobada semejante, de todas consigue ser lo que quiere ser. Ése es su castigo. El que quiera una máscara tiene que llevarla.

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