domingo, 7 de noviembre de 2010

De profundis (III). Oscar Wilde

Continuación de esta anterior


"Sabiendo que con una escena podías siempre salirte con la tuya, era lo más natural que recurrieras, no dudo que casi inconscientemente, a todos los excesos de la violencia ruin. Al final no sabías a qué meta corrías, ni con qué propósito. Habiendo entrado a saco en mi genio, mi voluntad y mi fortuna, quisiste, con la ceguera de una codicia sin fondo, mi existencia entera. La tomaste. En el momento supremo y trágicamente decisivo de toda mi vida, el que precedió al lamentable paso de iniciar mi acción absurda, de un lado estaba tu padre atacándome con tarjetas repugnantes dejadas en mi club, de otro lado estabas tú atacándome con cartas no menos detestables. La carta que recibí de ti en la mañana del día en que te dejé llevarme al juzgado de guardia para solicitar la ridícula orden de detención de tu padre fue una de las peores que nunca escribieras, y por la más vergonzosa razón. Entre vosotros dos perdí la cabeza. Mi juicio me abandonó. El terror ocupó su lugar. No vi escapatoria posible, lo digo francamente, de ninguno de los dos. Ciegamente avancé como un buey al matadero. Había cometido un error psicológico colosal. Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo. En la vida no hay verdaderamente cosa pequeña ni grande. Todas las cosas son del mismo valor y del mismo tamaño. Mi costumbre -al principio fruto, más que nada, de la indiferencia- de ceder a ti en todo había venido a ser insensiblemente una parte real de mi naturaleza. Sin yo saberlo, había estereotipado mi temperamento en un solo estado permanente y fatal. Por eso, en el sutil epílogo a la primera edición de sus ensayos, dice Patter que «El fracaso es formar hábitos». Cuando lo dijo, los obtusos de Oxford no vieron en la frase más que una inversión traviesa del texto un tanto manido de la Ética de Aristóteles, pero lleva escondida una verdad prodigiosa, terrible. Yo te había dejado minar la fuerza de mi carácter, y para mí la formación de un hábito había sido no ya Fracaso, sino Ruina. Éticamente habías sido todavía más destructivo para mí que en lo artístico.
Una vez obtenida la orden de detención, tu voluntad fue, no hay que decirlo, la que lo dirigió todo. En unos momentos en los que yo debería haber estado en Londres asesorándome de personas sabias, y considerando con calma la trampa atroz donde me había dejado meter -la ratonera, como tu padre la sigue llamando hasta el día de hoy- , tú te empeñaste en que te llevara a Montecarlo, de todos los lugares repugnantes que hay en el mundo, para poder pasarte todo el día jugando, y toda la noche, mientras estuviera abierto el Casino. En cuanto a mí, que no le veo el encanto al bacará, yo me quedaba afuera solo. Te negaste a comentar siquiera fuera en cinco minutos la situación en la que tú y tu padre me habíais puesto. Lo mío era sencillamente pagar tus gastos de hotel y tus pérdidas. La más mínima alusión a la prueba que me aguardaba era un fastidio. Una nueva marca de champán que nos recomendaran tenía más interés para ti.
A nuestro regreso a Londres, los amigos que verdaderamente deseaban mi bien me imploraron que me fuera al extranjero, que no afrontara un proceso imposible. Tú les imputaste motivos viles para dar ese consejo, y a mí cobardía por prestarle oídos. Tú me forzaste a quedarme para salir adelante en el estrado, si era posible, con perjurios tontos y absurdos. Al final, yo fui, naturalmente, detenido, y tu padre fue el héroe del día; más aún, en realidad, que el héroe del día; tu familia se codea ahora, mira qué curioso, con los Inmortales: pues por uno de esos efectos grotescos que son, por así decirlo, el elemento gótico de la historia, y que hacen de Clío la menos seria de todas las Musas, tu padre vivirá siempre entre los padres buenos y puros de la literatura de catequesis, tu sitio está con el del Niño Samuel, y yo me veo sentado en el cenagal más bajo de Malebolge, entre Gilles de Retz y el marqués de Sade.
Por supuesto que debería haberme librado de ti. Me debería haber sacudido tu persona como se sacude uno de la ropa una cosa que le ha pinchado. En el más maravilloso de todos sus dramas, Esquilo nos habla del gran Señor que cría en su casa al cachorro de león, el λέοντος ίνιν, y le quiere porque acude con mirada encendida a su llamada y le pide mimoso la comida: φαιδρωπός ποτί χετρα σαίνων τε γαστρός ένέγχις. Y la cosa crece y muestra la naturaleza de su raza, ήθος τò πρόσθε τοχήων, y destruye al señor y su casa y todas sus pertenencias. Siento que yo fui como él. Pero mi falta estuvo, no en que no me separara de ti, sino en que me separé de ti demasiadas veces. Que yo recuerde, ponía fin a mi amistad contigo cada tres meses sin falta, y cada vez que lo hacía tú te las ingeniabas con súplicas, telegramas, cartas, la intervención de tus amigos, la intervención de los míos, etcétera, para persuadirme a dejarte volver. Cuando a finales de marzo del 93 saliste de mi casa de Torquay, yo había resuelto no volver a hablar contigo, ni permitir que bajo ninguna circunstancia te acercases a mí, tan repugnante había sido la escena que me hiciste la noche antes de tu partida. Escribiste y telegrafiaste desde Bristol rogando que te perdonara y te recibiera. Tu tutor, que se había quedado conmigo, me dijo que a su juicio eras a veces totalmente irresponsable de tus palabras y tus actos, y que la mayoría, si no todos, de los de Magdalena eran de la misma opinión. Yo accedí a recibirte, y por supuesto te perdoné. Camino de Londres me suplicaste que te llevara al Savoy. Aquella visita fue funesta para mí.
Tres meses después, en junio, estamos en Goring. Unos amigos tuyos de Oxford vienen invitados de sábado a lunes. La mañana del día en que se fueron me hiciste una escena tan espantosa, tan lamentable, que te dije que debíamos separarnos. Lo recuerdo muy bien: estábamos en el campo llano de croquet, en medio de la hermosa pradera, y te hice notar que nos estábamos deshaciendo mutuamente la vida, que tú estabas destrozando la mía por completo y que era evidente que yo no te hacía realmente feliz, y que lo único sabio y filosófico era una despedida irrevocable, una separación total. Tú te fuiste malhumorado después de comer, dejando una de tus cartas más ofensivas para que el mayordomo me la entregara después de tu marcha. No habían pasado tres días cuando me telegrafiaste desde Londres con el ruego de que te perdonara y te dejara volver. Yo había alquilado aquel sitio para darte gusto. Había contratado a tus propios criados a petición tuya. Siempre había lamentado muchísimo aquel genio horrible del que verdaderamente eras víctima. Te tenía cariño. Así que te dejé volver y te perdoné. Otros tres meses después, en septiembre, hubo nuevas escenas, con ocasión de haberte yo señalado las faltas elementales de tu intento de traducción de Salomé. A estas alturas ya debes tener suficiente dominio del francés para saber que la traducción era tan indigna de ti, como mero oxoniano, como de la obra que pretendía verter. Claro está que entonces no lo sabías, y en una de las cartas violentas que me escribiste al respecto decías no tener «obligación intelectual de ninguna especie» hacia mí. Recuerdo que al leer esa afirmación pensé que era lo único realmente veraz que me habías escrito en todo el curso de nuestra amistad. Vi que una naturaleza menos cultivada realmente te habría ido mucho mejor. No digo esto con ninguna amargura, simplemente como un hecho de la compañía. A fin de cuentas el ligamento de toda compañía, sea en el matrimonio o en la amistad, es la conversación, y la conversación tiene que tener una base común, y entre dos personas de cultura muy diferente la única base común posible es el nivel más bajo. Lo trivial en el pensamiento y en la acción es encantador. Yo había hecho de ello la clave de una filosofía muy brillante expresada en obras de teatro y paradojas. Pero la espuma y la necedad de nuestra vida a menudo se me hacían muy cansadas; sólo en el cenagal nos encontrábamos; y aun siendo fascinante, terriblemente fascinante el único tema sobre el que invariablemente giraba tu charla, aun así acabó por resultarme absolutamente monótono. A menudo me aburría mortalmente, y lo aceptaba como aceptaba tu pasión por ir al music-hall, o tu manía de derroches absurdos en la comida y la bebida, o cualquier otra de tus características menos atractivas para mí, es decir, como algo que simplemente había que soportar, una parte del alto precio que se pagaba por conocerte. Cuando tras salir de Goring fui a pasar dos semanas a Dinard te enfadaste muchísimo conmigo por no llevarte, y, antes de mi marcha, hiciste algunas escenas muy desagradables sobre el tema en el Albemarle Hotel, y me enviaste algunos telegramas igualmente desagradables a una casa de campo donde estaba pasando unos días. Yo te dije, lo recuerdo, que me parecía que estabas obligado a estar un poco con tu familia, porque habías pasado toda la temporada lejos de ellos. Pero en realidad, para serte totalmente franco, no habría podido bajo ninguna circunstancia tenerte conmigo. Llevábamos juntos casi doce semanas. Yo necesitaba reposo y libertad de la terrible tensión de tu compañía. Me era necesario estar un poco solo. Intelectualmente necesario. Y por eso te confieso que en esa carta tuya que he citado vi una buena oportunidad de poner fin a la amistad funesta que había nacido entre nosotros, y ponerle fin sin amargura, como ya de hecho lo había intentado aquella luminosa mañana de junio en Goring, tres meses antes. Se me hizo ver, sin embargo -debo decir honradamente que fue uno de mis amigos, a quien habías acudido en el apuro-, que sería para ti muy hiriente, quizá casi humillante, que te devolviera el trabajo como se le devuelve el ejercicio a un colegial; que yo esperaba demasiado de ti intelectualmente; y que, al margen de lo que escribieras o hicieras, me tenías una devoción total y absoluta. Yo no quería ser el primero en frustrar o desanimar tus comienzos literarios; sabía muy bien que ninguna traducción, a menos que la hiciera un poeta, podía reproducir adecuadamente el color y la cadencia de mi obra; la devoción me parecía, y me sigue pareciendo, una cosa maravillosa, que no hay que desechar a la ligera; de modo que os retomé, a ti y la traducción. Exactamente tres meses más tarde, tras una serie de escenas que culminaron en una más repugnante de lo habitual, cuando un lunes por la tarde viniste a mis habitaciones acompañado por dos de tus amigos, me vi literalmente huyendo al extranjero a la mañana siguiente para escapar de ti, dando a mi familia una razón absurda de mi súbita marcha, y dejándole a mi criado una dirección falsa por miedo a que me siguieras en el primer tren. Y recuerdo que esa tarde, en el tren que me llevaba en volandas a París, me puse a pensar en lo imposible, terrible, absolutamente equivocado del estado en que había caído mi vida, si yo, un hombre de reputación mundial, tenía materialmente que salir corriendo de Inglaterra por librarme de una amistad que era completamente destructiva de todo lo bueno que había en mí, desde el punto de vista intelectual o ético; y siendo la persona de la que huía, no un ser terrible salido de la cloaca o del cenagal a la vida moderna y con el que yo hubiera enredado mis días, sino tú, un muchacho de mi misma posición y rango social, que habías ido a mi mismo colegio de Oxford y eras un invitado constante en mi casa. Llegaron los habituales telegramas de ruegos y remordimientos: me hice el sordo. Por fin amenazaste con que, a menos que consintiera en recibirte, por nada del mundo accederías a irte a Egipto. Yo mismo, con tu conocimiento y conformidad, le había rogado a tu madre que te enviara a Egipto para alejarte de Inglaterra, porque en Londres estabas echando tu vida a perder. Sabía que si no ibas se llevaría una desilusión terrible, y pensando en ella te recibí, y bajo la influencia de una gran emoción, que ni siquiera a ti se te puede haber olvidado, perdoné el pasado; aunque no dije absolutamente nada del futuro.
A mi vuelta a Londres al día siguiente, recuerdo haber estado sentado en mi habitación, intentando triste y seriamente determinar si de verdad eras o no lo que me parecías ser, tan lleno de terribles defectos, tan totalmente ruinoso para ti y para los demás, tan fatídico para el que simplemente te conociera o estuviera contigo. Toda una semana estuve pensándolo, y preguntándome si en el fondo no sería que yo era injusto y me equivocaba en mi estimación de ti. Al cabo de la semana me traen una carta de tu madre. Expresaba con puntos y comas las mismas impresiones que yo tenía de ti. En ella hablaba de tu vanidad ciega y exagerada, que te hacía despreciar tu casa y calificar de «filisteo» a tu hermano mayor -candidissima anima-; de tu mal genio, que hacía que le diera miedo hablarte de tu vida, de la vida que ella intuía, sabía, que estabas llevando; de tu conducta en cuestiones de dinero, tan penosa para ella en más de un aspecto; de la degeneración y el cambio que había habido en ti. Tu madre veía, cómo no, que la herencia te había cargado con un legado terrible, y lo reconocía con franqueza, lo reconocía con terror: es «el único de mis hijos que ha heredado el fatal temperamento de los Douglas», decía de ti. Al final afirmaba que se sentía obligada a declarar que tu amistad conmigo, en su opinión, había intensificado de tal modo tu vanidad que ésta había llegado a ser la fuente de todos tus defectos, y me pedía encarecidamente que no te viera en el extranjero. Yo le respondí inmediatamente, diciéndole que estaba totalmente de acuerdo con todas y cada una de sus palabras. Añadí mucho más. Llegué hasta donde podía llegar. Le conté que el origen de nuestra amistad era que tú, en tus tiempos de estudiante en Oxford, habías venido a pedirme que te ayudara en un asunto muy serio de una índole muy particular. Le conté que tu vida había estado continuamente turbada de la misma manera. De tu ida a Bélgica habías echado tú la culpa a tu compañero en ese viaje, y tu madre me había reprochado el habértelo presentado. Yo trasladé la culpa a donde debía estar, sobre tus hombros. Acabé asegurándole que no tenía la menor intención de reunirme contigo en el extranjero, y rogándole que tratase de retenerte allí, bien como agregado honorario, si eso fuera posible, o para aprender lenguas modernas, si no lo fuera; o con el motivo que le pareciera, al menos durante dos o tres años, y por tu bien así como por el mío.
Entretanto tú me estabas escribiendo en cada correo que venía de Egipto. Yo no hice el mas mínimo caso de ninguna de tus comunicaciones. Las leía y las rompía. Tenía muy decidido no tener más trato contigo. Estaba resuelto, y me dediqué con alegría al arte cuyo progreso te había dejado interrumpir. Pasados tres meses, tu madre, con esa desdichada debilidad de la voluntad que la caracteriza, y que en la tragedia de mi vida ha sido un elemento no menos fatídico que la violencia de tu padre, me escribe ella misma -no me cabe duda, claro está, que instigada por ti- y me dice que estás preocupadísimo por no saber de mí, y que para que no tenga excusa para no comunicarme contigo me envía tu dirección en Atenas, que, por supuesto, yo conocía perfectamente. Confieso que su carta me dejó absolutamente pasmado. No entendía que, después de lo que me había escrito en diciembre, y lo que yo le había escrito a ella en respuesta, pudiera de ninguna manera tratar de reparar o reanudar mi desgraciada amistad contigo. Respondí a su carta, naturalmente, y una vez más la insté a que intentase ponerte en relación con alguna embajada, para evitar que volvieses a Inglaterra, pero a ti no te escribí, ni hice más caso de tus telegramas que antes de que tu madre me escribiera. Finalmente telegrafiaste a mi mujer pidiéndole que usara de su influencia conmigo para que yo te escribiera. Nuestra amistad siempre había sido una fuente de malestar para ella: no sólo porque nunca le agradaste personalmente, sino porque veía cómo tu compañía continua me alteraba, y no para mejor; de todos modos, lo mismo que contigo había mostrado siempre la mayor finura y hospitalidad, así tampoco pudo soportar la idea de que yo fuera de ninguna manera ingrato -porque eso le parecía- con ninguno de mis amigos. Pensaba, sabía de hecho, que eso no iba con mi carácter. A petición suya sí me comuniqué contigo. Recuerdo muy bien el texto de mi telegrama. Te decía que el tiempo cura todas las heridas, pero que de allí a muchos meses no quería ni escribirte ni verte. Tú saliste inmediatamente para París, enviándome por el camino telegramas apasionados en los que suplicabas que te viera una vez, aunque no fuera más. Yo me negué. Llegaste a París un sábado por la noche, y encontraste en el hotel una breve carta mía diciendo que no quería verte. A la mañana siguiente recibí en Tite Street un telegrama tuyo de unas diez u once páginas. En él declarabas que, fuera lo que fuese lo que me hubieras hecho, no podías creer que yo me negase rotundamente a verte; me recordabas que por verme siquiera una hora habías viajado durante seis días con sus noches por Europa sin hacer alto ni una sola vez; hacías un llamamiento muy patético, lo reconozco, y acababas con lo que me pareció ser una amenaza de suicidio, y no muy velada. Tú mismo me habías contado con frecuencia cuántos había habido en tu estirpe que se habían manchado las manos con su propia sangre; tu tío ciertamente, tu abuelo posiblemente; muchos otros en la línea mala y demente de la que procedes. La piedad, mi antiguo afecto por ti, la consideración a tu madre, para quien tu muerte en tan terribles circunstancias habría sido un golpe casi insoportable, el horror de pensar que una vida tan joven, y que entre todos sus feos defectos aún tenía en sí una promesa de belleza, pudiera tener un fin tan repulsivo, la mera humanidad: todo eso, si hicieran falta excusas, debe servirme de excusa por haber consentido otorgarte una última entrevista. Cuando llegué a París, tus lágrimas, derramadas una y otra vez durante toda la velada, que caían sobre tus mejillas como lluvia mientras comíamos primero en Voisin y cenábamos después en Paillard; la alegría no fingida que mostraste al verme, tomándome de la mano siempre que podías, como si fueras un niño dulce y penitente; tu contrición, tan sencilla y sincera, en aquel momento, me hicieron acceder a reanudar nuestra amistad. Dos días después habíamos vuelto a Londres, tu padre te vio almorzando conmigo en el Café Royal, se sentó a mi mesa, bebió de mi vino, y esa tarde, mediante una carta dirigida a ti, inició su primer ataque contra mí.
Puede ser extraño, pero otra vez me vi puesto, no diré en la ocasión, sino en el deber de separarme de ti. No hace falta que te señale que me refiero a tu conducta conmigo en Brighton del 10 al 13 de octubre de 1894. Remontarse a hace tres años es mucho para ti. Pero los que vivimos en la cárcel, y en cuyas vidas no hay más acontecimiento que la pena, tenemos que medir el tiempo por espasmos de dolor y el registro de los momentos amargos. No tenemos otra cosa en que pensar. El sufrimiento -por curioso que esto pueda parecerte- es el medio por el que existimos, y es el único medio por el que somos conscientes de existir; y el recuerdo del sufrimiento en el pasado nos es necesario como garantía, evidencia, de nuestra identidad continuada. Entre yo y el recuerdo de la alegría hay un abismo no menos profundo que entre yo y la alegría en su inmediatez. Si nuestra vida juntos hubiera sido como el mundo se la imaginaba, una vida tan sólo de placer, disipación y risas, yo no sería capaz de recordar ni uno solo de sus pasajes. Es porque estuvo llena de momentos y días trágicos, amargos, siniestros en sus avisos, grises o tremendos en sus escenas monótonas y violencias indecorosas, por lo que veo u oigo cada incidente con todo su detalle, veo y oigo, de hecho, poco más. Hasta tal punto se nutren los hombres de dolor en este lugar, que mi amistad contigo, en la forma en que me veo forzado a recordarla, se me aparece siempre como un preludio consonante con esos variados modos de angustia que cada día tengo que atravesar; más aún, como algo que los exige; como si mi vida, no obstante lo que pareciera a mis ojos y a los de los demás, hubiera sido constantemente una auténtica Sinfonía del Dolor, pasando por sus movimientos rítmicamente enlazados hasta su cierta resolución, con esa inevitabilidad que caracteriza en el Arte el tratamiento de todo gran tema."

(Continúa en esta posterior)

2 comentarios:

lino dijo...

Oscar Wilde es una de mis debilidades y cuando releo De Profundis siempre topo con la crudeza, el barrunto inevitable del buey ante el matadero, el dolor y la pena, pero tb la lucidez para contarse (contarnos) que vivir es errar, tener defectos y digerirlos aunque nos partan el alma.
Me gusta la banda sonora de tu blog.

Sofía Serra Giráldez dijo...

Gracias, Lino.
Sí, es exactamente lo que siempre he percibido en este De profundis, lo que tú magníficamente logras expresar, de ahí que cierta indignación ante le desconocimiento o conocimiento a la ligera que se tiene sobre él, me llevara hace unos días ala decisión de ir publicándolo en el blog poco a poco, porque no hay mayor injusticia que si encima se da a conocer, como Wilde hace, no se realice el mínimo esfuerzo por aprehender, con el añadido de juzgar a la ligera.
Me alegra que te guste la BS, ayer mismo eliminé algunas cosas, quiero incorporar nuevas.

 
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