martes, 10 de noviembre de 2009

Corazón de hierro batido (Canto otoñal)


Título de la fotografía: Río cerrado


Corazón de hierro batido (Canto otoñal)


Del edén eyaculado nacerá la estigia provocadora de las mieles sobre el triunfo y el afán supremo, gobernadora de la mayúscula tiranía que ennegrece el perfil sucinto de la voz sobre el eco, anterior al eco y futura resonancia de sí misma sobre la penumbra hallada en la montaña que genera el valle del río que en la misma estigia acumula/
todo el poso, el gemir de los crisantemos,/
los enlodados barrios donde vitales sacuden sus aletas los generosos y fluviales seres vivos,/
mis artes marciales, mis sobrecogedoras compañías
afanadas en el estómago vivo y palpitante...
En la rosada simiente de la aurora, ¿qué más puedo desear que tu acontecer?
Río cerrado, te marchaste sin conocer el tiempo,
el sondable cauce de tu perpetuo retroceder ante el sol, el ocaso y las estrellas,/
reservándote para un devenir sin lealtad que auguraban ya las hojas caídas sobre tu lámina/
reflectante de todos los narcisos llamados nubes, mimbreros o simples juncos./
Sobre el margen, sobre la orilla de tu lámina invertida pasea/
el río de la vida/
el marginado río de la vida,/
el suculento manjar de la bestia incorpórea,/
la de la boca grande, la de la boca hueca,/
la de las fauces abiertas en son de canto prohibido,/
insonoro, de infértil matriz, respuesta a lo que sin dedos/
y sin amargo trago huye de su vínculo/
buscando la desmesura de la riada./

En el estero, desde el desierto, fingen sus aromas los eternos candiles/
de carburo hidrogenado.
Mas tú, viva, vuelcas la copa de tu bebida, vacía derramas/
el ardor candente de la juventud:/
Doy amor a todas luces sobre el pervertido horizonte que nace inclinado,/
siempre para las herrumbres, siempre,/
hasta habilitar el estuario como negocio de chatarras./
Del orín del hierro a tu justa sólo hay una vida./

Y el borde, aquí este borde abisal que en su sima te contuvo generando roncesvalles/
donde poder cavar la tumba del olvido sobre la infranqueable temeridad del ser humano y su orgiástico deseo de cumbre y sangre./
Aquí sobre este paso te rodeo para envenenarte./
Aquí, levanto tu bandera para seguir matando/
con la pena de lumbre y fuego/
que el amor cubre, el amor reparte, el amor, tranquilamente, avanza sorteando, vestido/
de sí mismo, como si no tuviera nombre, que no lo tiene, ni el don/
para transformarte más que en hombre, a duras penas,/
sólo en hombre./


Sofía Serra, Noviembre 2009

1 comentario:

Verano Brisas dijo...

Ambicioso poema de alto aliento, bello y sobrecogedor. Felicitaciones. Verano Brisas.

 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.