viernes, 10 de julio de 2009

El Paraíso Inconquistable

Título de la fotografía: El Paraíso Inconquistable

Soliloquio del Poeta


Contemplar el mundo desde sin ti.
Solventar la aritmética que me construye para traspasar el umbral de la propia osadía.
Construir el subterfugio que te justifique, oh mundo, para quebrar la supuesta agonía
del no Hombre.
Justificar, sobre el orbe líquido, la presencia de un compuesto que no sabe bien para
qué,
o cuándo, estaba dispuesto.
Disfrutar de la propia aventura del ser sobre la nada,
como alba sin pausa,
sin tiempo extendido sobre las copas de los árboles y la meseta vertical de las fachadas que se desvelan.]
Contribuir, sin el desasosiego de tu misma causa, al devenir transparentado.
Resolver, como en el despertar, la pesadilla que mantea con negras y onerosas alas sobre el bendito sueño del descanso oportuno.]
Cimentar, para que no decaiga, este haz de luz, esta suprema carga que al mundo ilumina y a mí parece volverme ciega.]


¡Ya está!


Mientras no despierten, qué sentido otorgar al bello canto del mirlo, al balido de la oveja o al ultrasónico retumbar de las rocas bajo la vida.]
¿Cómo ser poetas cuando todos duermen?
¿Qué venerable discurso puede salir de las bocas que sólo roncan?
¿ A qué oídos navegarán los verbos henchidos de contenido cuando la solapada ceguera de la noche enturbie el límpido cristal de los astros iluminados por otros astros más bellos y aun más brillantes?]

O… ¿y si es que soy yo la que duerme?

Ya se conoce una, ya se amortiguan los vacíos resueltos por la presión de los dedos
sobre el cuerpo humano,
tan presto siempre a nacer, renacer, sobre el descanso obligado.
Ya la quietud alegre sé que vuelve, ya sé que sólo el dormir, dicen, te rehace.

Voz quebrada, voz rota, voz ausente…


¡Ya sé!


La depositaremos en las otras bocas, cumpliremos así con el sutil sortilegio del italiano escondido que nos acecha como sabio durmiente, como nuestra conciencia.]
Traspasaremos nuestros ventanales haciendo añicos el velo cristalino,
volaremos sobre el paisaje urbano henchido de ruidos despistados y cuadrículas armónicas,]

y, de nuevo así,
sortearemos el estúpido afán que nos pervierte sobre el ensimismamiento continuo de nosotros mismos]
sobre la abeja, la flor y la agonía de nuestras propias células.


Arenga,
perversa armonía de la suerte.
¡Arenga que tu vida es corta!
Ilumina, faz derretida del sol bajo las adelfas.
¡Llueve!, gentil encina trotamundos,
culmina tu tarea de taladradora de la virgen tierra y navega ya por los mares inciertos de la belleza ajena,]
culmen directo y preciso de la poesía como arma del poeta.


¡Ah, este gran escaparate que entre todos hacemos posible!
¡Ay, este ataúd lleno de cosas vivas!,
¡Ay, qué candidez del alma humana que para conquistar territorios se disfraza de ser humano consabido, nulo navegante por el mar de las presencias…!]
¡Ah, qué injustificada sodomía,
Qué incruenta, pero, sin embargo, sangrienta batalla entre las cosas dichas y las cosas
quietas,]
entre la sutil justicia y la delicada parsimonia de los silentes.!

…¡Qué arrobada locura!...

¡Ay, Shakespeare, si levantaras la cabeza…!


(Sofía Serra, julio de 2009)

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