jueves, 5 de marzo de 2009

Flores, vampiros, huevos y gallinas




Lo de pollo en el título de la fotografía es un decir. Ahora sé que era polla, al menos por aquel tiempo en el que se la disparé. Hoy era una hermosa gallina. Era la mejor gallina que teníamos. Digo era porque esta mañana me la he encontrado muerta, en paz, sin heridas, probablemente le haya dado una especie de síncope, o de infarto, cualquiera sabe, tal vez una especie de infarto con "relé". Me explico.
Hace meses sobrevivió a un salvaje, cruento y sangriento ataque que, probablemente, una comadreja perpetró en nuestro gallinero. De veintitantas que teníamos, sólo quedó ella viva, curiosamente, y digo curiosamente porque teniendo en cuenta su especial fisonomía (cuello pelado —de raza vasca—) podría su naturaleza resultar más vulnerable valorando la forma de razzia del anterior animal, esto es, cortándole (imagino que de un seguro bocado) el cuello a todas, para desangrarlas, poder beber su sangre. Así aparecieron todas, con sus cuerpos y plumaje enteritos pero sin cabeza. Menos ésta. Fue un verdadero milagro, y más de la forma en la que me la encontré. Cuando mi hijo ya me había hecho el favor de recoger todos los cadáveres (maravilloso hijo, a mí el espectáculo me dio la mañana, no sólo por las gallinas en sí, la verdad sea dicha, sino porque pensaba en el abstecimiento de huevos que las pobres me ofrecían. Esto es por lo único que me apetece tener gallinas. Así sé por mí misma con qué ingredientes ha elaborado su metabolismo tan rico y completo alimento, en este caso, con maíz, trigo, pan, algún resto de comida nuestra y ... todo lo que ellas decidan comer por sí mismas (tierra, lombrices, yerbas, flores y hasta piedras), me di una vuelta por el susodicho gallinero, y, de pronto, me la encontré. Como era de color marrón, se confundía con la tierra...¡Estaba viva! La observé, comencé a palparla, levanté sus alas, y sí, efectivamente, estaba viva, con algún resto de sangre bajo su cuello y el plumaje algo desprendido por sus hombros. A simple vista parecía que no estaba herida de gravedad, así que la recogí en mis brazos y la curé con yodo, dudando de que sobreviviera, la verdad. No se movía, no andaba, casi ni miraba de fijos que tenía sus ojos. Llegamos a la conclusión de que la pobre se había quedado casi cataléptica debido al susto vivido con la incursión de la comadreja en el gallinero y el horror pasado. Tal vez luchó, o tal vez tuvo suerte debido al color predominante en sus plumas, pero vivirlo, lo vivió todo, aunuqe eso sí, sobrevivió a tan evidente prueba de las leyes de la naturaleza.
Por eso decía que tal vez el infarto fue con "relé". No le dió en su momento, pero quedó gravemente dañada la resistencia de su corazón.
Pasando los días, se recuperó, comenzó a moverse, después a beber y a comer, por último a caminar, y al poco tiempo estaba de nuevo poniendo los huevos tan hermosos con los que solía regalarme, muchos de dos yemas. El último que le recogí, hace escasos días, era de exposición. Como mi puño de grande, más parecía de pava que de gallina, como su último estertor, como un bello canto de cisne, que por otro lado mi hijo se comió en forma de gran tortilla.
Era buena, nada atolondrada, seriecita y muy mansa, se me acercaba a los pies siempre, aunque jamás me molestaba con la impaciencia habitual de estos animales que, de caprichosas y nerviosas, por no permitir, ni permiten que les eche de comer.
El caso es que ha muerto la buena gallinita, eso sí, en paz.
No se entiende tanto miedo a la propia muerte que habita aún entre tantos seres humanos, a menos que éste sea derivado de imaginar el dolor que pudiera provocar su desaparición a sus seres queridos; pero no, esta situación no es la que abunda, sino aquella que puramente hace sentir miedo ante su propia desaparición. Me pregunto, ¿desde el punto de vista de uno mismo de qué grave insatisfacción puede derivar?, ¿acaso ya no nos acordamos de que no éramos nada antes de nacer? ¿Acaso no conseguimos ver que si morimos ya dejamos de existir y por lo tanto estaremos a salvo de contemplar nuestro propio dolor por nuestra propia muerte? ¿Qué falta de silogismo mental aparece en esos seres humanos que tienen miedo a su propia muerte? Porque, hasta poniéndonos en el caso de los creyentes en alguna religión que proclame la existencia de una posterior vida, tenemos la respuesta para que ese miedo deje de existir, y creo que resulta obvio que ese miedo interno se halla presnte tanto en creyentes como en ateos.
Dicen que habita más en el hombre que en la mujer, por aquello de la propagación de su estirpe; al ser la mujer el género que engendra y pare nueva vida, ese anhelo queda cubierto a través de su propia biología, mientras que en el varón, no. Y que por ello mismo, los portadores del género masculino son más proclives a la creación de "cosas", que le permitirán sobrevivir en ellas cuando muera: obras de arte, de literatura, empresas, testamentos, etc.
Pero yo más lo relaciono con el hecho de la incapacidad por contemplar que sólo debe ser temida la muerte en vida, es decir, el abandono que cualquiera puede sufrir por parte de aquellos seres de los que se puede esperar todo lo derivado de la relación humana más o menos íntima. Cuantos padres abandonan a sus hijos, y no fisicamente sólo, ni siquiera geográficamente hablando, depositando como antiguamentes se hacía en las puertas de un orfanato al bebé recien nacido, o en un contenedor como se hace hoy en día. NO. No hablo de ese tipo de abandono. Sino al abandono en vida y en posible convivencia, si es que a eso se le puede llamar convivencia. Cuantos esposos a sus esposas y viceversa, parejas en general y de cualquier sexo, cuantos hijos a su padres precisamente siempre cuando más los necesitan, cuántos abandonos que sólo pueden llamados así cuando la relación afectiva es intensa o íntima derivada de compromisos internos. Siempre, y no sé por qué maldita casualidad estos abandonos suelen coincidir con el momento más crítico en su vida del ser abandonado, esos más proclives a padecer cualquier tipo de episodio más o menos traumático, aquellos momentos en los que por h o por b más sensibilizados ante el exterior se puede estar: adolescencia, menopausia, senectud. Tal vez la maldita casualidad que nombro pueda ser llamda de otra forma: dejación de funciones, indolencia, pereza, comodidad. Probablemente no conscientemente sentidas, sino que seguro en su mayoría nacidas de la ceguera que la mayoría de las veces nos entierra en vida.
Si tuviéramos en cuenta que podemos ser capaces de enterrar así, vivos, a nuestro semejantes, probablemente nos preocuparíamos menos por nuestra propia muerte física. Pero, y a los datos me remito, parece más fácil menos complicado, cuidar de una tumba (pintarla, llevarle flores frescas una vez al año, y luego de plástico para doce meses) que de un ser vivo al que queremos, siendo así que con esta elección, eliminamos la posibilidad de la anhelada continuación de nuestra estirpe cuando muramos, o al menos, del buen nombre de esa estirpe.
Tantos llantos ante muertos sólo me hacen pensar en sentimientos de culpabilidad extrema a posteriori, cuando ya no tiene remedio el abandono cometido.
Como hoy día, en el que sin embargo no lloro a mi linda gallina, probablemente porque la quise en su corta vida, y la atendí cuando más lo necesitó. Eso sí, la echaré de menos, a ella y a sus hermosos huevos.
Ésa será mi flor para su tumba.
Tal vez, ahora que lo pienso, presintiendo el final, quiso agradecer su cuido con lo mejor de sí misma, aquel espléndido y enorme huevo que mi hijo se comió en forma de tortilla.

1 comentario:

Fackel dijo...

Qué bueno, y pensar que no se me hubiera ocurrido en la vida escribir sobe las gallinas, no obstante también las recuerde de mi infancia. Es todo un homenaje a ella por tu parte.

 
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